21 ago. 2011

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Ciertas cosas son ciertas (es cierto, tan cierto como definitivo) definitivamente, únicamente, de tanto repetirlo mi madre me lo he creído.



Ustedes deberían hacer lo mismo.



Al preciso momento de nacer la partera no tuvo la mejor idea que al estar gritando:

-Machito!!, darme un par de azotes a ver si de tal modo lograba hacerme llorar.



Lo admito, lo hice, incluso no me costo demasiado en aquella ocasión.

El tema es que apenas terminado ese llanto momentáneo, según cuenta la leyenda enarbole mirada furtiva hacia la mentada partera.

Dice mi madre que la partera en lugar de asustarse por tal asunto no pudo menos que pretender que yo (con minutos en este puto mundo) bajara la vista.



Pobre ilusa, eran días (muchos subsiguientes también claro) en que poco podía hacer una persona como esa para lograr quebrar mi mirada, no es que me defendiera con ella, simplemente la liquidaba, el aura de superioridad con la que uno se viste en la inocencia nos exime de ciertos pecados.



Así a los breves instantes de unos minutos vividos tuve mi primer contienda de miradas, claro, salí airoso incluso, luego las malas lenguas admitían que tuvo que dejar la profesión aquella mujer.



Se decía que sus nervios no eran los mismos, su mirada no era la misma, y todos sabemos cuando tal cosa pasa, nosotros ya no somos los mismos, o mejor dicho, nosotros ya no somos.